Acababa de llegar a Estella. Y no sé por qué avatares del destino entré por la parte más fea de la cudad, aquella industrial y polvorienta. Recuerdo que busqué el móvil y en ese mismo momento envié un sms a mi grupo diciendo:

*-Estella es superfea y sucia. Estoy muerta de calor y de hambre. ¿Ya llegáis?*

¡Qué equivocada que estaba!... Al poco entré en el casco antiguo (o éso me pareció) con suelos empedrados, arcadas en las puertas, iglesias imponentes, fuentes cristalinas. Creo que pasearme por estas calles me alegró y refrescó el espíritu, a pesar del calor sofocantes del mes de julio.

Pero..."¡Oh, no! El albergue está cerrado jhasta las 12.30h". Pues nada, a esperar sentada en un banco de piedra a la sombra del Hospital de Peregrinos, el albergue minicipal. Al poco llega otro peregrino, que después de un Hola! descarga sus buenos 12 kilos de mochila y se aposenta en el banco de a llado. Y claro, empezamos a charlar sobre el Camino y las vivencias de cada uno.

Nos interrumpimos cuando vemos acercarse una comitiva bastante anecdótica y casi diría... fuera de lugar allí... y en muchos otros sitios. Un grupo de africanos con sus túnicas coloridas, chillonas, con sus turbantes a la cabeza. Hombres y mujeres como una nota de color en la calle, rompiendo la monotonía gris y marrón. Encabezaba la comitiva un guía también africano (pero curiosamente vestido como cualquiera de nosotros)
que les hablaba una mezcla de inglés, francés a ratos y algún idioma africano (me imagino) totalmente desconocido para mí. El guía señala el albergue, sitúa a su comitiva enfrente nuestro, y empieza su duscuros sobre el Camino de Santiago. Capto plabras como... peregrinos, kilómetros, distancia, camino, dureza,...

De repente, uno de ellos señala mis piernas y pregunta algo así como si todas las piernas de los peregrinos son como las mías. El guía suelta un carcajada y contesta que no, que todo depende de la altura, del peso, de su constitución,... Así y todo, el preguntón continúa preguntando, mirando y curioseando mi constitución de abajo arriba, de arriba abajo,... Intento aguantarle la mirada, pero es inútil. Esta claro que lo último que le importa es mi mirada. ¡El tío me está valorando como si fuera un caballo de carreras!

Por fin prosiguen su visita cultural por Estella. (¡Buff! ¡Qué descanso!)

Me vuelvo hacía mi nuevo amigo-peregrino y le suelto:
- "Me he sentido como en el Zoo. Pero esta vez... era yo la que estaba dentro de la jaula".

Nota: Aunque parezca increíble, la anécdota es totalmente verídica.
Cosas que pueden pasar en el Camino de Santiago
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